El autoconcepto
según Paco Peñarrubia, “consiste en seleccionar interesadamente
algunos aspectos de nuestra personalidad, identificarnos con ellos y mostrarnos
así de limitados y previsibles ante el mundo”. Es decir, solemos mostrar la mejor versión de nosotros mismos,
reprimiendo o negando aquellos aspectos que consideramos que no van a ser
aceptados por los demás.
La imagen que tenemos
de nosotros mismos se va formando desde la infancia, como un mecanismo de
defensa para así ser aceptados por los familiares más cercanos y poder
desenvolvernos en el entorno que nos rodea.
De esta manera, el
autoconcepto nos va encarcelando, nos va limitando en nuestro día a día, porque
según las proyecciones de los demás y nuestras propias vivencias, nos han hecho
ver que somos de una manera determinada y así nos lo hemos creído. Por ello,
conforme vamos creciendo, deberíamos cuestionarnos lo que pensamos de nosotros
mismos y lo que sentimos, con el fin de actualizarnos y de llegar a ser
paulatinamente más libres en nuestro desarrollo y evolución personal. Las dos
ideas principales que nos frenan en ese intento de cuestionarnos quién somos y
de ponernos en juego para evolucionar son las siguientes: que no lo vamos a
conseguir y que nadie nos va a querer si cambiamos ciertos aspectos de nuestra
forma de ser. No obstante, todas esas ideas forman parte del mundo adulto y del
desarrollo que va aconteciendo con el paso de los años.
En relación con los
menores, sí me parece primordial ser conscientes de los mensajes que les
estamos dando a nuestros más pequeños: “los
niños no pueden llorar”, “los niños/as buenos/as no pueden enfadarse”, “tienes
que portarte bien para que te quiera”, “los/as niños/as valientes no pueden
sentir miedo”, “es que mi niño/a es muy tímido”…
Todos esos mensajes implícitos o
explícitos van calando progresivamente en los menores, obteniendo los
siguientes efectos: por un lado, reprimir determinadas emociones porque se
consideran malas o inadecuadas (el miedo, la tristeza y el enfado) y, por otro
lado, creerse que son irremediablemente lo que los adultos les proyectamos.
Por todo ello, mi
propuesta es transmitirles que todas las emociones
son necesarias para vivir plenos y sanos emocionalmente, por lo tanto no hay emociones buenas
y emociones malas. Asimismo, enfrentarnos a nuestros miedos nos hace más
fuertes; la solución no está en evitarlos. Sacar y canalizar nuestro enfado y
nuestra tristeza nos hace más humanos, y nos permite vivir con más calma en
nuestro interior; reprimir dichas emociones sólo nos produce inquietud, apatía,
deshumanización, desenergetización, además de la aparición de miedos
irracionales y somatizaciones.
De igual manera, se
ha de tener en cuenta que los niños pequeños se quedan literalmente con lo que
se les dice. Por ello, se ha de tener sumo cuidado con el contenido de los mensajes
que se les da. Es decir, cuando se le regaña por algo que ha hecho, es más
recomendable usar el verbo “estar”
que el verbo “ser”. Asimismo, se han
de sustituir los comentarios del tipo “eres
muy malo” o “no me gusta como eres”, por estos otros: “hoy está más nervioso e inquieto” o “no me gusta cuando tienes esta conducta”. Además, se recomienda
evitar las frases del tipo “si sigues
comportándote voy a dejar de quererte”, “ya no te quiero” o “te vas a
quedar solo”, porque se les puede crear muchas ansiedad, desarrollando así
un apego inseguro entre los progenitores y el menor; es decir, realmente pueden
llegar a creerse que pueden ser abandonados o que van a dejar de ser queridos.
En definitiva, resulta
más factible hacer alusión a su conducta inadecuada, más que a su forma de ser,
para que no se identifique con dichos mensajes, además de evitar aquellos
mensajes que le puedan generar inseguridad y ansiedad al niño.
En definitiva,
nuestra responsabilidad como adulto consiste en creernos que el “Yo” es un proceso, no
una estructura, es decir, es una
evolución y un desarrollo, no algo rígido e inalterable, para así poder
transmitírselo a nuestros menores.